Las fuertes críticas de Juan Grabois a Javier Milei tras la apertura de sesiones no fueron solo un cruce más entre oficialismo y oposición. Funcionaron como disparador de una discusión más profunda: cuál es el límite entre la firmeza política y la degradación institucional.   Grabois cuestionó el tono confrontativo del Presidente, el uso de descalificaciones en el recinto y lo que definió como un abuso de la tribuna parlamentaria para consolidar un relato polarizante. El señalamiento no giró únicamente en torno al contenido del discurso, sino al modo. Y ahí está el núcleo del debate.   La Asamblea Legislativa del 1° de marzo no es un acto partidario. Es el momento en que el Presidente rinde cuentas ante el Congreso y, por extensión, ante la sociedad. Históricamente, incluso en contextos de alta tensión política, el acto conservó una estructura de solemnidad y cierto respeto por la investidura institucional.   En 1984, Raúl Alfonsín utilizó la apertura para reafirmar el compromiso democrático tras la dictadura, apelando a la unidad nacional aun en medio de una crisis económica severa. En los años 2000, Néstor Kirchner combinó confrontación política con referencias explícitas al Congreso como poder independiente. Durante sus mandatos, Cristina Fernández de Kirchner sostuvo discursos duros hacia la oposición, pero mantuvo el eje en la exposición de gestión y anuncios legislativos. Incluso Mauricio Macri, en un escenario de polarización creciente, priorizó el formato de rendición de cuentas institucional. El punto no es la ideología. Es la forma. El estilo de Milei en el recinto —con respuestas directas a legisladores, ironías, provocaciones y frases dirigidas a sectores específicos— trasladó al Congreso la lógica de campaña permanente y la dinámica de estudio televisivo. Eso es lo que Grabois puso en discusión. Y ahí se abre una pregunta central: ¿puede el Presidente sostener la misma retórica de confrontación que utiliza en redes o actos partidarios cuando habla en nombre del Estado ante los otros poderes? El cruce con Grabois fue sintomático. Mientras el diputado opositor exhibía un cartel crítico, el Presidente respondió con calificativos personales desde el atril. Más allá de quién tenga razón en la disputa política, la escena mostró un deterioro del clima institucional que trasciende a los protagonistas. No se trata de pedir neutralidad ideológica ni discursos edulcorados. La democracia admite —y necesita— debate intenso. Pero una cosa es el desacuerdo firme y otra es convertir el acto institucional en una arena de provocaciones. La crítica de Grabois, en ese sentido, no es un alineamiento partidario automático sino una advertencia sobre el riesgo de naturalizar la confrontación permanente como método de gobierno. En un contexto de inflación alta, conflicto social, paros docentes y tensión sindical, la construcción de autoridad requiere algo más que volumen discursivo. La apertura de sesiones es el momento donde el Presidente habla como jefe de Estado, no como dirigente de facción. Y cuando esa frontera se diluye, el problema deja de ser electoral para convertirse en institucional. La discusión recién empieza.     Canal WhatsApp: https://whatsapp.com/channel/0029VbBqLhV4tRroiQaqOB0M Y en nuestra: Red X (EX Twitter): https://x.com/El_Pulso_P