Axel Kicillof está moviendo las piezas del tablero político con más ambición que sutileza. En un contexto donde la gestión nacional avanza con políticas que cambian el marco laboral, fiscal y económico, el mandatario bonaerense apunta a posicionarse como cabecera de un espacio opositor que no sea mero espectador, sino protagonista de cara a 2027. Su estrategia va más allá de meras críticas: busca aglutinar sectores fragmentados bajo una bandera de resistencia a las políticas de Javier Milei, aunque eso implique tensar vínculos y generar roces dentro del propio peronismo.   Desde hace semanas, Kicillof viene intensificando reuniones con gremios claves —por fuera de los bloques tradicionales afines a Cristina Kirchner— así como con intendentes de distintas provincias y dirigentes territoriales que sienten que las reformas oficiales avanzan sin consultar ni considerar su impacto social y económico en sus distritos. La idea es clara: construir una alternativa que marque un perfil propio de poder real, y no una mera réplica del kirchnerismo ni un polo testimonial opositor.   Sin embargo, esa proyección no está exenta de fricciones internas. El gesto de tender puentes con sectores peronistas más moderados o con sindicatos que, históricamente, tuvieron diferencias con La Cámpora y el cristinismo, tensiona una vez más la convivencia interna en el espacio. Kicillof intenta marcar una autonomía relativa respecto de la Casa Rosada y de la conducción histórica del peronismo kirchnerista, pero eso lo coloca en una frontera delicada: por un lado, necesita una coalición amplia para competir con un oficialismo que ya mostró músculo legislativo; por otro, no puede alejarse demasiado de las bases que todavía identifican al peronismo con sus posturas más reivindicativas.   Ese juego de tensiones también se percibe en los sectores populares y sindicales que reclaman respuestas concretas por la pérdida de poder adquisitivo, por la reforma laboral y por la sensación de que las demandas sociales quedan en segundo plano frente a la agenda oficial. La CGT, movimientos piqueteros y agrupaciones barriales ya han mostrado signos de rechazo a las políticas de Milei, pero también existen dudas sobre cómo articular esa protesta en una construcción política unificada, más allá de gestos simbólicos o declaraciones de ruptura.   Kicillof parece entender ese desafío y por eso busca posicionarse como interlocutor central que pueda dar forma a un espacio amplio, transversal y competitivo. Pero el problema es que la política argentina ha visto ya muchos intentos de “frentes” que terminan siendo acuerdos frágiles sin llegada territorial, o coaliciones que se desarman ante la primera tensión fuerte. Construir un espacio que realmente compita con la Casa Rosada implica no solo articular discursos y gestos políticos, sino también ofrecer una propuesta creíble en términos de economía, gobernabilidad y representación social. 0 En definitiva, la movida de Kicillof confirma que el peronismo no es un bloque monolítico, ni lo fue nunca. Sus disputas internas, tensiones con el kirchnerismo y esfuerzos por construir una alternativa plural muestran que las batallas políticas de fondo aún están por jugarse. La pregunta es si ese intento de frente anti-Milei logrará consolidarse como una opción eficaz o si terminará profundizando las divisiones internas sin ofrecer respuestas concretas a la sociedad. El tiempo y los hechos serán los que, finalmente, definan si la estrategia de Kicillof fue una jugada audaz o una señal de debilidad ante la fragmentación política del espacio.     Canal WhatsApp: https://whatsapp.com/channel/0029VbBqLhV4tRroiQaqOB0M Y en nuestra: Red X (EX Twitter): https://x.com/El_Pulso_P