Javier Milei volvió a defender su programa económico con una descripción del país que parece construida dentro de las paredes de la Casa Rosada. “No somos Suiza, pero estamos mucho mejor”, afirmó, antes de asegurar que hoy son menos los argentinos que no llegan a fin de mes que cuando comenzó su gobierno. La declaración llegó después de que le mencionaran una encuesta según la cual el 86% de los argentinos necesita dos o más empleos para cubrir sus gastos básicos. Milei descartó el dato por considerar que los sondeos pueden tener sesgos y respondió con las cifras oficiales de pobreza e indigencia. El Presidente sostuvo que la pobreza bajó del 57% al 29%, que la indigencia descendió del 20% al 6% y que unos 14 millones de argentinos mejoraron su situación. A partir de esos números, concluyó que la cantidad de personas con dificultades económicas es significativamente menor a la existente al inicio de su administración. Sin embargo, reducir la realidad social a un porcentaje de pobreza permite esconder buena parte del deterioro cotidiano. Una persona puede encontrarse apenas por encima de la línea oficial y, al mismo tiempo, no poder pagar el alquiler, endeudarse para comprar alimentos o necesitar dos trabajos para sostener a su familia. Eso es precisamente lo que Milei evita discutir. La baja de la inflación no reconstruyó automáticamente los salarios, no garantizó empleos estables ni recuperó el poder adquisitivo perdido. Para millones de argentinos, llegar a fin de mes depende de horas extras, préstamos, tarjetas de crédito, ayuda familiar o la postergación permanente de gastos básicos. El Gobierno presenta como una mejora estructural lo que muchas veces es apenas una supervivencia estadística. Salir formalmente de la pobreza no significa haber alcanzado una vida digna ni disponer de ingresos suficientes para enfrentar una enfermedad, una reparación doméstica o el aumento de un servicio. La realidad que se observa fuera del relato oficial muestra comercios con menos ventas, familias que recortan alimentos, trabajadores que acumulan ocupaciones y jubilados obligados a elegir entre medicamentos y servicios. Esa situación no desaparece porque el Presidente decida cuestionar la metodología de una encuesta. Milei también afirmó que el consumo, el Producto Bruto Interno y las exportaciones se encuentran en máximos históricos. Pero los grandes indicadores agregados no alcanzan para explicar cómo se distribuye esa supuesta recuperación ni quiénes pueden aprovecharla. Una economía puede crecer mientras amplios sectores continúan perdiendo. Puede aumentar la actividad de determinados rubros exportadores y, al mismo tiempo, caer el consumo de los hogares. Puede mejorar el balance financiero y empeorar la vida de quienes dependen de un salario, una jubilación o una pequeña actividad comercial. El problema central del Gobierno es que confunde estabilización con bienestar. La desaceleración de los precios fue importante, pero no alcanza cuando los ingresos quedaron rezagados y las familias tuvieron que asumir deudas para sostener el mismo nivel de vida. Milei insiste en que la Argentina está mucho mejor porque compara cada indicador con el peor momento de la crisis que acompañó el comienzo de su gestión. Esa elección le permite construir una recuperación espectacular sobre una base deliberadamente extrema. Pero la sociedad no vive comparando planillas. Compara lo que puede comprar hoy con lo que compraba antes, las horas que necesita trabajar, las deudas que acumula y las posibilidades que tiene de proyectar su futuro. En ese terreno, el optimismo presidencial choca con una realidad mucho más dura. La frase “no somos Suiza” también funciona como una forma de bajar las expectativas. Después de prometer una transformación histórica, el Gobierno ahora pide que se celebre cualquier mejora estadística, aunque una parte considerable de la población continúe atrapada en la incertidumbre. El Presidente parece vivir en el mundo del revés: cuando la gente dice que no llega, responde que las encuestas están equivocadas; cuando los trabajadores necesitan dos empleos, habla de máximos históricos; cuando las familias se endeudan, celebra la estabilidad de las variables financieras. Milei puede repetir que el país está mejor, pero no puede decretar el bienestar desde una entrevista. La realidad social no se mide solamente en informes oficiales, sino también en las mesas familiares, los supermercados, las farmacias y los recibos de sueldo. El Gobierno necesita abandonar la soberbia estadística y escuchar lo que ocurre en las calles. Porque cuando el relato presidencial niega las dificultades concretas de la sociedad, deja de ser una explicación económica y se convierte en una provocación para quienes todos los días hacen cuentas y comprueban que el dinero no alcanza.           Canal WhatsApp: https://whatsapp.com/channel/0029VbBqLhV4tRroiQaqOB0M Y en nuestra: Red X (EX Twitter): https://x.com/El_Pulso_P