Javier Milei decidió adelantar la campaña electoral de 2027. A quince meses de las elecciones, el Presidente volvió a combinar sus consignas económicas más conocidas con ataques contra la política tradicional y un repentino giro nacionalista que contrasta con varias de sus posiciones históricas. La reforma de la Carta Orgánica del Banco Central y el decreto contra una supuesta “campaña antiargentina” funcionaron como las primeras piezas de esa estrategia. Con ambas medidas, la Casa Rosada intentó recuperar el control de la agenda, salir del estancamiento legislativo y desplazar la atención de los indicadores económicos que comienzan a preocupar al propio oficialismo. El Gobierno esperaba que el clima generado por el Mundial y la reorganización del gabinete abrieran una etapa más favorable. Sin embargo, la caída de la actividad y del consumo comenzó a opacar la desaceleración de la inflación, mientras la mejora prometida todavía no llega a buena parte de los hogares. Frente a ese escenario, Milei volvió a refugiarse en un libreto conocido. Durante la presentación de la reforma del Banco Central, aseguró que su administración impulsa los cambios más importantes de los últimos 91 años y retomó la idea de que la emisión monetaria constituye una estafa utilizada para financiar a la denominada casta. El discurso intenta colocar otra vez al Presidente por fuera de la política, aunque lleva más de dos años gobernando mediante acuerdos con dirigentes tradicionales, gobernadores, sectores del PRO y bloques provinciales. La retórica anticasta aparece cada vez más debilitada por la incorporación de funcionarios y aliados provenientes de los espacios que Milei prometía desplazar. La reforma monetaria también fue presentada con un tono fundacional. El Gobierno pretende prohibir el financiamiento del déficit mediante emisión, restringir la remoción de las autoridades del Banco Central y dejar reglas difíciles de modificar después de 2027. Más que una discusión técnica, Milei convirtió el proyecto en una herramienta de campaña. Volvió a confrontar con Cristina Kirchner, acusó a su gobierno de haber vaciado el Central y utilizó la presentación para reconstruir la polarización que mejores resultados electorales le produjo. El otro componente de la estrategia fue el nacionalismo. Después de provocar una crisis diplomática con Brasil e identificar a ese país como uno de los impulsores de una supuesta campaña contra la Argentina, el Ejecutivo modificó por decreto la Ley de Migraciones. La norma permite impedir el ingreso o expulsar a extranjeros acusados de difundir mensajes de odio contra los argentinos o agraviar al país y sus símbolos. La vaguedad del texto y la ausencia de una situación excepcional que justifique el DNU abrieron cuestionamientos constitucionales y anticipan una posible intervención judicial. Pero el objetivo principal parece ser comunicacional. Milei encontró en la defensa selectiva de la identidad nacional una nueva bandera para endurecer su discurso, construir enemigos externos y movilizar a su núcleo más fiel. La contradicción resulta evidente. El mismo Presidente que cuestionó a la Selección Argentina por mostrar una bandera de Malvinas intenta ahora presentarse como defensor de la Nación frente a las críticas extranjeras. El nacionalismo libertario aparece únicamente cuando puede convertirse en una herramienta electoral. La Casa Rosada también necesita superar su parálisis en el Congreso. Numerosos proyectos oficiales acumulan demoras o fracasos, mientras las negociaciones con los gobernadores y bloques aliados están cada vez más atravesadas por las candidaturas y el reparto de poder. Las internas tampoco ayudan. El enfrentamiento con Victoria Villarruel escaló hasta el punto de que Diego Santilli le sugirió públicamente que renunciara. Que un jefe de Gabinete reclame la salida de la vicepresidenta expone una crisis institucional difícil de esconder detrás de cualquier campaña. Milei intenta volver al escenario de 2023: presentarse como un dirigente ajeno al sistema, señalar culpables y prometer una transformación definitiva. Pero ahora ya no es un candidato sin responsabilidades. Es el Presidente y debe responder por el empleo, el consumo, los ingresos y las consecuencias de su propio programa. La campaña comenzó antes de tiempo porque el Gobierno necesita recuperar iniciativa. El problema para Milei es que el discurso se repite, la promesa anticasta perdió credibilidad y el nuevo nacionalismo parece más una maniobra electoral que una convicción verdadera. A quince meses de las urnas, la Casa Rosada vuelve a ofrecer confrontación y reformas para el futuro. Mientras tanto, la sociedad empieza a exigir respuestas concretas para un presente que el relato libertario ya no consigue disimular.         Canal WhatsApp: https://whatsapp.com/channel/0029VbBqLhV4tRroiQaqOB0M Y en nuestra: Red X (EX Twitter): https://x.com/El_Pulso_P