Nacional

Milei cambia de vocero, pero no logra despegarse del escándalo Adorni

La designación de Adrián Ravier como nuevo vocero presidencial expone la magnitud de la crisis que atraviesa Manuel Adorni. Aunque Javier Milei decidió sostenerlo como jefe de Gabinete, la Casa Rosada reconoce implícitamente que el funcionario se convirtió en un problema político permanente. El Gobierno intenta cerrar una herida que lleva más de tres meses abierta, pero la estrategia muestra contradicciones y deja una pregunta cada vez más incómoda: ¿cuánto más puede resistir Adorni?

  • 20/06/2026 • 07:00

Después de meses de blindaje político, fotos de respaldo, reuniones de gabinete y defensas públicas, Javier Milei terminó tomando una decisión que hasta hace pocas semanas parecía impensada: quitarle a Manuel Adorni la vocería presidencial. La medida busca reducir el impacto de un escándalo que se convirtió en el principal foco de desgaste del Gobierno, aunque sin desplazar al funcionario de la Jefatura de Gabinete.

La llegada del economista Adrián Ravier como nuevo portavoz representa mucho más que un simple cambio de nombres. En la práctica, constituye el reconocimiento de un problema que la Casa Rosada intentó minimizar durante meses. Cada aparición pública de Adorni terminaba derivando en preguntas sobre su patrimonio, sus declaraciones juradas rectificadas, sus inversiones en criptomonedas o las investigaciones judiciales que lo tienen bajo la lupa. El Gobierno quería hablar de gestión, pero la agenda volvía una y otra vez al mismo tema.

La decisión presidencial aparece como un intento tardío de control de daños. Según distintos análisis políticos, el objetivo es oxigenar la comunicación oficial y evitar que las conferencias de prensa sigan girando alrededor de las explicaciones personales del jefe de Gabinete. Sin embargo, el movimiento presenta una contradicción evidente: mientras Milei intenta bajar la exposición de Adorni, al mismo tiempo lo exhibe en actos públicos y mantiene intacto su respaldo político.

La prueba más visible será el acto por el Día de la Bandera en Rosario. Allí, el Presidente buscará una nueva foto de unidad junto a todo el gabinete, con Adorni ocupando un lugar central. La imagen se parece demasiado a otras que el oficialismo ya utilizó en los últimos meses para intentar cerrar la crisis sin éxito.

El problema para la Casa Rosada es que el caso dejó de ser únicamente judicial o mediático. Los informes que circulan dentro del oficialismo muestran que la situación ya impacta sobre la imagen general del Gobierno y atraviesa incluso a votantes libertarios. Distintas mediciones registraron niveles récord de menciones negativas hacia Adorni, que durante varios días llegó a concentrar más atención pública que el propio Presidente.

La preocupación es tan grande que ni siquiera el Mundial logró desplazar completamente el tema de la conversación pública. En Balcarce 50 admiten que la polémica sigue dominando redes sociales, programas de televisión y debates políticos. Para muchos funcionarios, el escándalo se transformó en una sombra permanente que opaca cualquier intento de instalar noticias positivas sobre la gestión económica.

La situación también abrió fisuras internas. Aunque públicamente predomina el silencio, distintos dirigentes oficialistas y aliados comenzaron a expresar dudas sobre la conveniencia de sostener a Adorni. Algunos consideran que su permanencia genera un costo político innecesario y que el Gobierno debería cerrar el capítulo antes de que el desgaste sea todavía mayor.

Sin embargo, Milei sigue aferrado a una defensa incondicional. El Presidente rechaza cualquier pedido de renuncia y mantiene una relación de confianza política y personal con quien fue durante años uno de los rostros más visibles del proyecto libertario. Esa decisión alimenta otra pregunta que ya circula tanto dentro como fuera del oficialismo: por qué el Gobierno está dispuesto a pagar un costo tan alto para sostener a un funcionario cuya imagen pública no deja de  deteriorarse.

La llegada de Ravier puede ayudar a recuperar parte del control de la comunicación oficial. Pero difícilmente alcance para resolver el problema de fondo. Porque el desafío ya no pasa por quién habla en nombre del Gobierno, sino por el peso político que adquirió el caso Adorni.

Y eso explica por qué, pese al cambio de vocero, la crisis sigue abierta. El Gobierno intenta pasar de página. Pero la historia todavía está lejos de terminar.

 

 

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