A cincuenta años del golpe de Estado de 1976, la Iglesia Católica argentina decidió intervenir en el debate público con un mensaje que trasciende la memoria histórica y apunta de lleno al presente. No se trató de una evocación más, sino de una advertencia política con densidad institucional: “Nunca más” a la dictadura, pero también “siempre más” a una democracia justa.   El documento de la Conferencia Episcopal Argentina no menciona de forma directa al gobierno de Javier Milei, pero despliega una crítica transversal al clima político actual. Habla de autoritarismo, de polarización, de exclusión social y de una degradación del lenguaje público que, según los obispos, pone en riesgo la convivencia democrática.   La definición más fuerte no deja lugar a interpretaciones livianas: “Vivimos una época con una tendencia creciente al autoritarismo”. No es una frase aislada ni retórica. Es un diagnóstico estructural sobre el presente argentino. La Iglesia no señala a un actor específico, pero cuestiona una lógica que atraviesa a todo el sistema político: la confrontación permanente, la descalificación del otro y la idea de que la política es una guerra.   En ese sentido, el mensaje introduce un punto central: la violencia no empieza con los hechos, sino con las palabras. “No podemos naturalizar la violencia en las redes sociales, en nuestros barrios y en el Congreso”, advierte el texto. Es, quizás, una de las observaciones más precisas sobre el tiempo que atraviesa la Argentina, donde el insulto dejó de ser excepción para convertirse en norma.   Pero la intervención de la Iglesia no se queda en el plano discursivo. También apunta al corazón del problema social. El documento es claro: una democracia que excluye no es plenamente democrática. “La democracia se envilece cuando deja a alguien afuera”, sostienen los obispos, en una definición que interpela directamente al modelo económico y a la capacidad del sistema político para garantizar condiciones de vida dignas.   En ese marco, aparece otro concepto clave: la necesidad de un Estado presente. Sin confrontar abiertamente con la agenda oficial, la Iglesia fija un límite conceptual. La libertad sin inclusión no alcanza. La democracia no se sostiene solo con reglas, sino con derechos efectivos.   El texto también introduce una idea potente: la “memoria íntegra y luminosa”. No como herramienta de disputa, sino como condición para construir futuro. La memoria, advierte la Iglesia, no puede ser parcial ni utilizada como arma política. Debe servir para evitar repetir los errores y para consolidar un consenso básico: el terrorismo de Estado no admite relativizaciones.   Sin embargo, el punto más relevante del documento es su desplazamiento del pasado al presente. La Iglesia no discute únicamente lo que ocurrió hace 50 años. Discute lo que está pasando hoy. Y lo hace con una advertencia clara: cuando la política abandona el diálogo y se instala en la lógica del enemigo, la democracia empieza a debilitarse.   En un país atravesado por la grieta, el mensaje busca correrse de la polarización sin caer en la neutralidad. No es equidistante: condena la dictadura sin matices. Pero tampoco se alinea con ninguna fuerza política. Su intervención apunta a algo más profundo: reconstruir el marco en el que se discute la política en la Argentina.   A medio siglo del golpe, la Iglesia plantea una verdad incómoda para todos los sectores: el “Nunca Más” no es solo una consigna del pasado. Es una obligación del presente. Porque la democracia no se pierde de un día para otro. Se erosiona lentamente, cuando se naturaliza la violencia, cuando se degrada el lenguaje y cuando se acepta que algunos queden afuera.   Ese es, en definitiva, el mensaje. Y también el desafío. Porque a 50 años del golpe, la discusión ya no es solo qué pasó. La verdadera pregunta es qué estamos haciendo hoy con esa memoria. Y si estamos a la altura de sostenerla.       Canal WhatsApp: https://whatsapp.com/channel/0029VbBqLhV4tRroiQaqOB0M Y en nuestra: Red X (EX Twitter): https://x.com/El_Pulso_P