Nacional

Papelón de Quirino y Adorni: obligaron a empleados a aplaudirlos

En un momento que ya era tenso para el Gobierno, la conferencia de prensa del jefe de Gabinete Quirino De La Rosa y el ministro Manuel Adorni quedó envuelta en un escándalo por un gesto autoritario: obligaron a empleados públicos a aplaudirlos en plena presentación, una señal explícita de control y falta de espontaneidad que lisa y llanamente expone la mirada verticalista del oficialismo.

  • 07/02/2026 • 02:08

Lo que debía ser una conferencia de prensa más terminó convirtiéndose en un episodio bochornoso que desnuda la creciente lógica de autoritarismo y escenografía del poder dentro del Gobierno de Javier Milei. Durante la presentación de Quirino De La Rosa, jefe de Gabinete, junto al ministro Manuel Adorni, funcionarios obligaron a empleados públicos que estaban en el lugar a aplaudir de forma obligada, generando un reto colectivo y una escena que fue interpretada por testigos como un intento de “crear clima” artificial a cualquier costo.
 



La escena fue tan explícita como incómoda: tras una intervención monocorde en la que Pablo Quirno ensayó un guiño ideológico al recordar el “ALCA, ALCA, al carajo” y celebrarlo con un tardío “Viva la libertad, carajo”, el silencio en la sala fue absoluto. No hubo aplausos ni gestos de adhesión. Ese vacío resonó tanto que obligó a Manuel Adorni a romper la escena con una orden directa —“Deberían aplaudir en este momento”—, forzando una ovación que llegó únicamente desde las primeras filas ocupadas por ministros y funcionarios técnicos.

La incomodidad no terminó ahí: cuando el canciller pretendía ceñirse al acuerdo con Donald Trump, los periodistas desviaron el eje y preguntaron por el escándalo del Indec y la preocupación en Washington, especialmente tras el aval del Fondo Monetario Internacional a la nueva medición de inflación que Marco Lavagna buscaba publicar antes de su salida. El resultado fue una conferencia atravesada por aplausos ordenados, silencios elocuentes y preguntas que expusieron la fragilidad del relato oficial.
 

La secuencia no fue un error de protocolo ni una espontaneidad descuidada, sino un acto coordinado que dejó en evidencia cómo las instancias de poder buscan manufacturar adhesión visible incluso donde no la hay. En un momento en que la confianza social está erosionada y el Gobierno enfrenta crecientes críticas por la reforma laboral, la gestión económica y la crispación institucional, esta escena se redimensiona como un síntoma político más que como una anécdota menor.
 

Para observadores independientes, el episodio contiene una fuerte carga simbólica: la imposición del aplauso es la antítesis de la legitimidad democrática. El poder no se sostiene por aclamaciones forzadas, sino por resultados y consensos. Que un jefe de Gabinete y un ministro se presenten ante la prensa y obliguen, explícitamente, a funcionarios a aplaudirlos denota una carencia de respaldo real y una búsqueda desesperada de validación escenográfica.
 

Este tipo de prácticas no son ajenas a gobiernos con perfil autoritario. Más allá de discursos sobre libertad, mérito o espontaneidad, el gesto remite a tradiciones políticas donde se supervisa la adhesión pública y se exige participación ritual para demostrar fortaleza de mando. El problema no es el aplauso en sí, sino la ausencia de voluntad propia detrás del gesto: cuando la aclamación es obligatoria, no es apoyo, es coerción.
 

La escena se suma a otros episodios en los que el oficialismo ha buscado controlar relatos, escenificar apoyo y disciplinar a funcionarios y empleados para mostrar grados de consenso que muchas veces no existen fuera del perímetro del poder. Lejos de responder a una crisis de credibilidad con ideas y propuestas, la respuesta desde ciertos sectores del Gobierno parece ser la orquestación de gestos que simulan respaldo, en lugar de construirlo.
 

En un contexto donde el descontento social crece, donde gremios presionan con movilizaciones y donde la oposición avanza en disputas parlamentarias, las escenas de aplausos forzados no son un mero chisme de pasillo: son un síntoma de una gestión que intenta controlar la percepción pública en lugar de responder con resultados y políticas efectivas.

 

 

 

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